Tiembla algo aquí en mi alma. La estructura de madera de mi frágil corazón es comida por termitas de orgullo y desazón. Y grito un poco en silencio, de ese que tanto sé usar, y me da una ecuación que yo no sé interpretar.
Imagino aquellos puertos a los que llega ya, mientras me escribe una carta, de esas que otro alguien escribió ya. Son puertos antiguos, con sabor a viejo y añejo mar. Mientras el puerto de mi alma se desgaja más y más. Terremotos y mil sismos lo sacuden sin parar. Ello junto a las termitas y a este día me va a dejar fatal.
Pero ya pasaron cosas antes, otras veces emigró, y siempre volvió a nuestra patria, un simple objeto sin valor. Y junto a él hablamos y hablamos sin parar. Yo cuento mis puertos visitados pero ese otro alguien visitó más. Y entonces me descubre el suyo, su alma, y yo guardo la mía por si se me fuera a escapar cuando si la compartiera ese otro alguien la sabría, sin duda, arreglar.


