Cuando los mares pasan de la marejada a la marejadilla. Cuando los huracanes pasan a ser simples rápidos vientos. Cuando el polvo en suspensión vuelve al suelo. Sólo entonces notamos la calma en que vivimos.
La venganza es para mí un sentimiento pueril, que me desencaja a veces de mi posición. Pero siempre vuelvo a ser yo. Aunque cada una de mis experiencias vitales me modele como persona, como ser humano.
Pero yo pienso. Pienso demasiado. Sobretodo antes de irme a dormir cuando no logro conciliar el sueño deseado. Y en múltiples ocasiones sueño con un ser que soy, fui o que quizás seré. Logré alcanzar lo que en mi vigilias en pos de himnos vislumbré. Sin embargo el resultado de todo ello no es siempre el que esperaba e incluso a veces causa una angustia vital indescriptible.
Son mi elecciones, mis equivocaciones y mis aciertos a medias. Querer ir a un sitio sin moverte del que estás, ¿es normal? Y es que un día, sin querer o queriendo sin saber, abandoné un mundo a medio explorar y marché a otro.
Después de la desolación, siempre llega la calma. Después de buscar respuestas, amistades y muchas otras cosas cuando las encuentras después de épocas oscuras en la vida te sientes extrañamente calmado. Con miedo a perderlo todo porque me voy, porque dividí mi mundo y a mí mismo.
Y ahora no sé si volver a casa, a la tierra que me vio nacer, quedarme en aquella que me dio una oportunidad o volver a volar... hacia no se sabe donde, hacia un lugar en el que abandone todo de verdad. Pero es que me cansé de defender el terruño estando lejos. ¿Volveré? ¿No? No lo sé. Dudo... y mucho.
