Sentir como llega el océano a llenar toda la habitación en la que vivo. Verme buceando casi inerte en el espacio en que solía vivir. La música hay veces que viola mi alma y otras veces es el silencio... Me acompañan pero de aquella manera tan sumamente especial que les caracteriza.
Empiezo a escribir, y lo hago por necesidad. Los de mi alrededor no me leen, en realidad tampoco quiero, pero a la misma vez me entristece que no lo hagan, que no quieran llegar a conocer mi lado oscuro. ¿Tienen miedo? ¿De qué? ¿De un ser que a veces no resiste las cargas existenciales aplicadas en un nudo, el nudo de la garganta? Yo no soy este ser y sí lo soy. Quizás sea una especie de esquizofrenia que se niega a ser tratada por el orgullo leonado de mi ser.
En realidad mi problema es que no me hago las preguntas exactas. En realidad no tienen miedo de conocerme, es que no les interesa. Pero es tan triste... que no me gusta.
No me gusta hablar mal de los demás, sobretodo habiendo excepciones a esa regla. Pero no me gusta verme en un mundo que me hace subdividirme en otros muchos mundos... y cuando llega el momento de hablar de mí la gente huye espantada por una complejidad demasiado dura para un ser que hasta entonces sonreía. Todos saben cual es mi problema, yo mismo lo sé, pero que no me hablen demasiado de lo que tienen y yo no porque quizás puede ponerme a llorar y claro, en ese momento, habrán de correr.
Mi habitación cada vez está más húmeda. ¿Es la lluvia? No, son las lágrimas. Caen dispuestas al suicidio por mí, para que cuando cese el llanto pueda hayarme un tanto mejor. Aunque lo que no saben es que fue en vano...
De todas maneras gracias a las excepciones por hacerme sentir que mis lágrimas, de esta época sensible mía, no son lágrimas de locura sino de vida... y que, por ende, el suicidio de las gotitas de agua salada por mí creadas quizás cumplen una secreta misión en la búsqueda de lo que no se tiene y se ansía... En la búsqueda del incompleto océano de la felicidad.
